RECORDAR
Hay una memoria que no está guardada en ninguna línea de acontecimientos.
Kayala Medicina
1/3/20263 min read


Recordar
Hay una memoria que no está guardada en ninguna línea de acontecimientos. No vive en el archivo de lo que ocurrió, ni en el inventario de lo que falta. Es una memoria anterior a la cronología: la que reconoce el pulso que se repite en todas las formas, como si la vida tuviera un solo corazón latiendo en múltiples cuerpos. A esa memoria no se accede pensando, sino volviendo. Volviendo al lugar donde el nombre no importa, donde el relato se afloja, donde la identidad deja de sostenerse con esfuerzo y se apoya, por fin, en lo real.
Cuando algo en nosotros se aquieta lo suficiente, lo eterno no aparece como una idea brillante, sino como una evidencia simple. Que nada está realmente separado. Que todo cambia sin perder su pertenencia. Que cada forma es pasajera y, sin embargo, el fondo que la sostiene no envejece. Que amar no es poseer, sino reconocer. Que la vida no necesita nuestra certeza para seguir siendo vida; lo que necesita, a veces, es nuestra disponibilidad.
Entrar en el mar es una manera de recordar sin palabras. Es acercarse a una inteligencia que no argumenta: envuelve. Primero llega el borde, ese umbral donde el cuerpo duda y el agua insiste con paciencia. Hay un instante de negociación íntima: la piel se tensa, la respiración se acorta, el pensamiento busca control. Y entonces ocurre lo esencial: el cuerpo se rinde un poco, no por derrota, sino por sabiduría. Se rinde para poder pertenecer.
El agua toca y pregunta sin preguntar: ¿vas a seguir defendiendo tus fronteras, o vas a permitir que lo vasto te enseñe? Cada ola es una lección de confianza. Cada avance del agua sobre la arena es un recordatorio de cómo la vida no pide permiso para moverse. El frío inicial no es castigo: es presencia. Es la realidad diciéndole al sistema nervioso que vuelva a casa. Que suelte el exceso de futuro. Que suelte el exceso de pasado.
Y cuando el cuerpo finalmente entra, algo más entra con él: una forma de humildad limpia. Porque el mar no se adapta a nuestra historia. No corrige nuestras heridas. No discute con nuestras explicaciones. Simplemente nos recibe con su ley antigua: todo lo que resiste se endurece; todo lo que se entrega aprende a flotar.
Hay un punto, después de unos minutos, en que el agua deja de ser un afuera. El cuerpo ya no siente que “entra” en el mar: siente que es atravesado por él. Ahí la memoria sin tiempo se vuelve cercana. No es una respuesta; es un reconocimiento. Como si una parte profunda dijera: yo ya estuve aquí. No en este día, no en esta vida, no en esta biografía; estuve aquí en el modo en que la vida siempre está en sí misma.
Salir del mar también enseña. Porque el regreso a la orilla muestra con claridad que la verdad no fue un momento extraordinario: fue un ajuste de mirada. El mundo sigue igual y, sin embargo, algo quedó ordenado. Un pequeño acuerdo interno con lo inevitable: que todo llega, todo se va, y aun así hay una presencia que puede permanecer despierta. Esa presencia no es rígida. Es como el agua: aprende la forma del instante sin perder su esencia.
Quizás de eso se trata recordar lo que está más allá del tiempo: de permitir que lo eterno no sea un concepto, sino una experiencia. Y entrar en el mar, hoy, puede ser un gesto sencillo para volver a esa experiencia. Una ceremonia mínima. Un pacto silencioso con lo real. Un modo de decirle a la vida: estoy aquí, disponible, para aprender otra vez lo que siempre fue cierto.
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