ESTAR DISPONIBLE

La presencia del alma

Kayala

2/4/2026

Estar Disponible

Hay una forma de estar disponible que no se parece a “hacer más”, sino a aflojar el puño. Es una disposición sin tensión: el cuerpo deja de empujar la vida y empieza a acompañarla. Como quien abre una ventana y no controla el viento, solo permite que entre.

En esa apertura, lo sutil no llega como un anuncio, sino como una coincidencia que toca un nervio antiguo. Una palabra escuchada al pasar que se queda resonando. Un animal que aparece donde no debería. Un objeto que se cae justo cuando pensabas en algo. Un sueño que no explica, pero ordena. Un gesto mínimo de otra persona que, sin saberlo, te devuelve una pieza de vos. No es “mensaje” porque lo puedas traducir; es mensaje porque te modifica el pulso.

Hay momentos en los que el mundo parece hablar en metáforas: la puerta que cuesta abrir y te muestra dónde estás forzando; el camino que se corta y te recuerda que hay rutas que no se deciden con la mente; el agua que se enturbia y te pide reposo antes de claridad; el fuego que no prende y te señala que no todo se enciende por voluntad. A veces, la señal no es lo que aparece, sino lo que insiste: aquello que vuelve una y otra vez con distintas caras, hasta que le prestás el oído correcto.

Cuando el corazón escucha, no lo hace en frases. Escucha en dirección. Te inclina suavemente hacia una verdad sin argumentos. Te muestra qué se expande y qué se achica. Te dice “por aquí” con una calma que no necesita convencer. Y en el fondo de esa calma, el potencial no se vive como promesa, sino como presencia: algo que ya está, esperando que lo trates con respeto.

De ese territorio emergen semillas. Algunas son diminutas: una conversación pendiente, una idea que pide cuaderno, una reconciliación con un ritmo más lento. Otras son semillas de carácter: paciencia, coraje, coherencia, humildad. Semillas de vínculos: pedir ayuda, poner un límite claro, decir una verdad amable. Semillas de práctica: respirar antes de responder, mirar sin interpretar, agradecer sin negociar. No se plantan por entusiasmo; se plantan por fidelidad.

Y, sin embargo, hay una buena fortuna que no se gana: se reconoce. Ya te sostiene algo que quizá dabas por hecho. El aire que entra. La casa que abriga. La posibilidad de elegir un gesto distinto. La gente —poca o mucha— que te quiere en su manera imperfecta. La intuición que no te abandonó, incluso cuando dudaste de ella. El aprendizaje que llegó disfrazado de dificultad y ahora es sabiduría encarnada.

Entonces agradecer no es un acto “positivo”; es un acto verdadero. Agradecer al cielo no por lo que te dio como premio, sino por lo que te dio como guía. Por las veces que te cerró una puerta para evitarte una vida que no era tuya. Por las demoras que te protegieron. Por los encuentros que aparecieron sin plan. Por el misterio que, cuando dejaste de exigirle explicaciones, empezó a hablarte en el idioma más antiguo: el de la sensación de estar en el lugar correcto, aunque no tengas mapa.

Y así, sin estridencia, se vuelve posible una disponibilidad nueva: la de quien camina atento, sin cazar señales, pero sin despreciarlas. La de quien no le pide al espíritu que grite, sino que se compromete a escuchar mejor. La de quien aprende a vivir como si cada día trajera, escondida en algún pliegue, una pequeña instrucción para el alma.